Sex-citas on line

Pones los ojos redondos. Como cada “siempre que me acuerdo”, has abierto el buzón de tu web de contactos y leído los mensajes. Los has ido eliminando con un clic cansino después de comprobar los perfiles, mientras piensas por enésima vez que “es patético haber colgado tu foto junto a un montón de otras similares en este aparador gigante”. Aquí nadie se corta por desvelar información; tú tampoco. Has contado que mides 1,63, tienes 62 años, no te sobra ni te falta nada (peso) y muchas tonterías por el estilo.
   Levantas las cejas: aquel joven de la edad de tu hijo, que ya te ha escrito un par de veces, te ha mandado su teléfono. Vuelves a mirar su foto, y sí, te gusta. Mucho. El chico es un tiarrón y, además, tú estás acostumbrada a sesentones cuyo sex-appeal caducó hace años.
   Decides llamar. Necesitas sexo. Deseas que unos brazos de hombre te abracen, que unos labios de hombre te besen. Llamarás.
Llamas. Lo haces con alegría, apuestas por ser simpática e intentas no parecer maternal. Ya no estás acostumbrada al “aquí te pillo, aquí te mato” y quedas para “un café y ya veremos”. Unos minutos después de colgar, él te escribe: ¡Qué ilusión que me hayas llamado! Te parece bonito y respondes: A mí también me ha gustado. Nos vemos.
Él te manda un beso, y adiós. En seguida regresa con una pregunta: Ya sabes lo que quiero, ¿verdad? Hombre, ¿qué vas a querer? Pero contestas prudentemente: Supongo; concretamos. Entonces él lo escribe bien claro: Sexo. Por si había dudas. Esa única palabra, de pronto, te molesta. ¿Es necesario ser tan explícito? Tú eres mujer, dejaste muy atrás tus treinta años y te encanta fantasear. ¡Déjame soñar, caramba! Deja que recree mi película. Estás a punto de soltarle: “La imaginación es la herramienta más poderosa que tengo frente a cualquier situación, frente a la vida. ¡No la mates!”.
   Pero apagas el móvil y en seguida aterrizas. Ya con los pies anclados en tierra, te planteas temas prácticos. Eres menopáusica y tienes sequedad vaginal; deberás revisar tus lubricantes. ¿Sabrá él dedicar el tiempo suficiente a un calentamiento eficaz? Si no le conoces de nada, ¿podréis tener algún tipo de conversación? ¿En tu casa, en la suya o en un hotel? Cuando ya vas pensando en el preservativo que le pondrás, aparece el mayor enemigo de Doña Aventura en forma de una terrible pereza, de un síndrome del sofá agudo.
Has sido una mujer de mente abierta y disfrutado mucho de tu cuerpo. Has tenido abundante sexo de calidad, sin penalización alguna por ETS*. Acude a tu mente la gran pregunta: ¿Vale la pena tanto desgaste energético por un polvo que probablemente va a ser único e irrepetible? (una sola vez y no repetiréis).
ETS= enfermedades de transmisión sexual
(Foto libre de Pexels.com)
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